Teotihuacán, Ciudad de los Dioses

Teotihuacán, Ciudad de los Dioses

El viento nos trae sonidos a jaguares y a águilas. ¿Habremos tomado la dirección correcta? Soy un tanto despistada así que no me sorprendería terminar en la selva en lugar de en Teotihuacán. Sin embargo, esas gigantescas pirámides que observo a la distancia me anuncian que voy bien.

Los carteles empiezan a contar la historia del sitio, que también es conocido como “la ciudad de los dioses”. Y aunque todavía no ingresé del todo, la magia y la mística ya empiezan a sentirse. Una leyenda dice, con total razón, que el elemento central de los teotihuacanos fue la religión.

Miro alrededor y hay pirámides y construcciones. ¿Cómo hicieron para levantar esas construcciones? Inmediatamente levanto la vista y veo que arriba de todo, en las Pirámides del Sol y de la Luna, hay movimiento. ¿Hay gente allá arriba? Entonces, ahora me pregunto, ¿cómo hizo esta antigua población para subir? ¡Qué buen estado físico!

El sol parte la tierra y quita todas las ganas de atravesar esos kilómetros. Pero ya estoy aquí así que andando. Me detengo a sacar fotos y a mirar artesanías. Son todas hermosas. Las piedras de obsidiana son una maravilla, si se miran de frente, son negras, si las mueve para el costado toman un color dorado. El vendedor me cuenta que con la obsidiana se fabricaban puntas de flecha y me muestra que es un material muy resistente. Empieza a rayar la piedra con una pinza y me espanto. ¿Cómo va a hacer para vender eso después si lo raya así? A continuación me pregunta, ¿Cuál crees que estará gastado? Le señalo la piedra negra, la obsidiana. Y como un acto de magia, le pasa la mano y ni una sola marca. A cambio, me muestra la punta de la pinza y había perdido su color. El señor intenta convencerme de que se trata de un material valioso, me cuenta que las piedras negras se extraen a 30 metros de profundidad en Buenavista y que las que toman un aspecto dorado a 70 metros en Nopalillio. Me encantan sus explicaciones, aunque no las necesito para darme cuenta de que lo que tiene en sus manos es algo realmente grande. También están los silbatos y las flautitas, que es de donde sale el sonido que había escuchado antes. Mi interlocutor que se llaman chirimias y que los teotihuacanos las ejecutaban en sus rituales. Luego, me regala una melodía. México y la música. Dos cosas que van de la mano.

Uno de los primeros lugares que visito es El Templo de Quetzalcóatl (o de la Serpiente Emplumada) es increíble pues allí se pueden encontrar diferentes formas, que corresponden al dio Tlaloc y a la serpientes emplumadas. Debajo de ellos, se puede ver el cuerpo completo de la serpiente. Tambén hay conchas y caracoles. El arte es verdaderamente magnífico.

Sigo el camino por la Calzada de los Muertos, que es el eje principal del lugar. Si bien la meta es terminar en la Pirámide de la Luna que se ve allá al fondo, a sus costados hay diferentes construcciones que van acompañando el paso. Voy a llegar como sea y voy a subir también. El sol quema porque son las 2 de la tarde, pero empiezo a subir y una vez arriba, me doy cuenta de que valió la pena: desde aquí se aprecia mejor la inmensidad del lugar. Sentada en las escaleras para recuperar el aliento, me resulta inevitable pensar en ellos, nuestros antepasados, y en el ayer, pero también en nosotros y en el hoy. Pensar en todo el camino andado para llegar hasta allí y no me refiero sólo a los kilómetros que acabo de transitar.

También La Ciudadela y el Palacio De Quetzalpapálotl forman parte del conjunto arqueológico y todo es de grandes dimensiones. Además, hay rincones a los que no se puede acceder puesto que están bajo estudio. Todavía “La Ciudad de los Muertos” resulta un misterio.

Los paseos por el Jardín Botánico y por los murales del Museo Beatriz de la Fuente nos permiten conocer de otra forma un poco más acerca de la cultura prehispánica.

Me di cuenta de que hice todo al revés. Ahora voy a desandar los pasos para llegar a la Pirámide del Sol. No pensaba subir las dos.¡El calor me está matando! Pero bueno, ya habrá tiempo de descansar. Esta edificación es aún mucho más alta que su compañera: 64 metros de altura. Imaginense que para el momento en que llegué hasta aquí, ya corría viento y se anunciaba la lluvia. Y yo sigo andando… Llegar hasta arriba fue dificultoso pero cumplimos la misión. La vista también es alucinante: la gente se ve minúscula pero el resto de las construcciones no. Ni aún estando lejos pierden su grandeza. Y ahora si, hay que desandar los pasos y empezar a descender porque para volver a la zona céntrica de DF tengo un viaje en autobús de 50 minutos aproximadamente y un viaje en metro. Un poco más adelante, les sigo contando del viaje.

Teotihuacán todavía despierta interrogantes. Pero hay algo de lo que si podemos estar seguros: la belleza de este lugar es una certeza indiscutible.